La paz a pesar de todo

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Los y las firmantes muy a pesar de los enemigos de La paz, han acatado la palabra empeñada para que la barbarie no se repita, y en ese sentido muestran con orgullo el rostro de los cientos de niños que muy acertadamente alguien señaló como “los hijos de la paz”. Una reflexión para cerrar el año.

Por Elina Vargas, dinamizadora territorial de la regional Caribe de DiPaz

En el quinto año de la conmemoración de la firma de los acuerdos de paz con el Gobierno Nacional, es bueno hacer un ejercicio práctico para entender la dimensión integral de este proceso. Mucho se podría decir acerca de este, podríamos empezar por denunciar la negligencia en el cumplimiento por parte del Gobierno, apuntar la ineficacia del impacto de la paz en muchos de los territorios más golpeados por el conflicto.

Podríamos apuntalar con los clavos de la inoperancia estatal, los riesgos para la vida de los firmantes del acuerdo, siendo un poco más incisivos podríamos denunciar la simulación a ultranza del gobierno de turno, que en los distintos escenarios internacionales (sobre todo aquellos en qué la cooperación foránea acude con no pocos recursos) se muestra juicioso y obediente de lo firmado.

Sin embargo, a nivel nacional demuestra soterradamente con sus acciones, un desprecio sustancial por desarrollarlo, todo esto con cierto brillo de «hacerlos trizas» sin la mayor vacilación bajo el lema ‘Paz con seguridad’. Pero los y las firmantes prefieren poner con su fuerza la voluntad de paz por encima de todo.

Pese a los intentos de querer desviarlos de su camino, los firmantes de este acuerdo optaron por mostrar sus iniciativas productivas, sus rostros de convencimiento de aquellos que no dudan de que la ruta trazada los llevará a la paz, una paz cuyo apellido preferido sea la justicia social, una paz con verdad, una que ya se está fomentando en el territorio bajo el enfoque inquebrantable de la reconciliación.

Los y las firmantes Prefieren tomar la mano solidaria que les ha brindado la cooperación internacional que junto a otras entidades de carácter nacional les hacen más corto el camino, dulce acción amorosa que suma para la vida.

Los y las firmantes muy a pesar de los enemigos de La paz, han acatado la palabra empeñada para que la barbarie no se repita, y en ese sentido muestran con orgullo el rostro de los cientos de niños que muy acertadamente alguien señaló como “los hijos de la paz”.

Ahora son: Patricia, Juan, Luciana, Guillermo, Manuel, José, Simón,  Jessica, Adriana; todos, apellidos Paz, nombres que ya no son un alias como durante el conflicto tuvieron sus padres, pues ahora esos mismos esperan que con el ímpetu  natural de las nuevas generaciones, disfrutar de un país mejor, que ese mismo disfrute sea de todos los hijos e hijas de este pueblo, para así, superar la oscura noche que les impuso la violencia y todo porque la luz de sus ojos es la llamarada inapagable que les hace creer que este camino vale la pena.

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