Jesús a las calles: Paro y Fe en la movilización nacional

PARO Y FE

“Por la opresión de los pobres, por el gemido de los menesterosos,

Ahora me levantaré, dice el Señor;

Pondré en salvo al que por ello suspira”.

Salmos 12:5.

 

En la carrera 19 con carrera 4ta se observa un paisaje de fatigoso. Una fatiga que no sienten los comerciantes que habitan el centro de Bogotá ni los buses que mezclan sus llantas con el raspado del concreto, mismo concreto que días atrás recibió la sangre de Dilan Cruz. Dilan no murió, a Dilan lo mataron, Dilan no murió, a Dilan lo mataron, Dilan no murió, a Dilan lo mataron.

Como un mantra que se expresa con dolor, el nombre de Dilan arrastra tras de sí la agonía de un pueblo dividido en dos: una parte que se lamenta por la brutalidad hacia los ciudadanos —por parte del Estado— al querer acceder a una mejor calidad de vida y otra indiferente ante los sucesos que convulsionan la situación actual de Colombia, todos en medio de un Paro Nacional.

En ese pedazo de tierra de la carrera 19 con carrera 4ta, se plantan en el suelo flores muertas, cascos blancos, cerveza en lata, velones de la Virgen del Carmen, pancartas, carteleras con mensajes y un separador vial anaranjado, arropado por encima con una bandera de Colombia que ondea en silencio por el viento que proviene de los cerros.

Lucía, una joven sentada en la acera, justo al frente del homenaje a Dilan, muestra su mirada cansada a las personas que, con prudencia y en medio de la bulla de los buses y los vendedores ambulantes, se acercan al sitio donde cayó asesinado el estudiante —debido al disparo de un arma letal— accionada por el Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD).

Estas personas, todas de distintos credos, han acudido a este sitio para hacer un homenaje a la memoria del estudiante asesinado. Bajo el nombre de Asamblea Abierta de Sectores de Fe, curas, pastores, feligreses y personas de fe, como ellos se autodenominan, vienen a tomar partido en los acontecimientos actuales, dejando en firme su decisión de apoyar al Paro Nacional desde sus principios religiosos y deberes ciudadanos, hilando con vehemencia las relaciones que se entretejen entre el paro y la fe.

Uno de ellos, un hombre de mediana edad, abalanza sus ojos hacia el suelo y expresa que «la Biblia es un libro político, la religión es un proceso político, la teología es un proceso político. Dios ha optado radicalmente a favor de los pobres, hacia una sociedad más justa, donde todos y todas quepamos, de la política que sea, de la sexualidad que sea».

La concurrencia afirma y una pareja de señoras, al frente del caballero, rezan apretando las manos y apretando los ojos con una indignación manifiesta. «Por decir la verdad muchas veces se tiene que pagar con la vida» dice una señora con las manos recogidas, trayendo a la memoria la vida de Dilan y la del soldado Brandon Cely, quien se suicidó al sufrir matoneo por parte de sus compañeros de institución al denunciar las falencias del Ejército Nacional y demostrar en redes sociales su apoyo al Paro Nacional.

Para las personas de fe, como expresa Omar Fernández, de la Mesa Ecuménica, es muy importante estar en ese sitio, ya que «Jesús murió perseguido por los poderes de su época. Perseguido por los militares de su época y encontramos una relación entre el caso de Dylan y el caso de Jesús».

Sólo quedan una carpa, una cerveza y unas cuantas velas

Del homenaje a Dylan queda poco. La policía intervino la semana pasada, bajo la excusa de abrir la vía para los carros, llevándose todos los arreglos, pancartas y regalos que dejaron los manifestantes al estudiante y a su memoria. Lucía, la joven estudiante que ha hecho guardia al lugar, reclama por atención y por manifestación ante lo sucedido, expresando con rabia y con tristeza —dos emociones simbióticas en Colombia— la falta de atención que ha tenido ese espacio en los últimos días.

Ella ha hecho guardia, intercambiando lugar con otros, al pedazo de calle que no es más del Estado, del Gobierno, de la Alcaldía o de los buses de transporte. Un pedazo de calle que es vigilado por un árbol enorme al que Lucía quiere colgarle cacerolas para convertirlo en un símbolo de la resistencia, un homenaje a la memoria.

El joven que la acompaña, que arregla las pancartas y les pone piedras encima para que no salgan volando hacia la nada, se sienta sobre el andén y enciende un cigarrillo. Narra —con el humo de su cigarrillo como escenario— que en las noches de guardia han intentado sacarlos, que llegan borrachos a hacer ruido, tumbar las pancartas, patear las velas y agredir a los que realizan la vigilia del sitio.

Para él, todo hace parte de una estrategia para que se vayan, ya que se han presentado quejas de los vecinos del lugar por el ruido proveniente de ese pedazo de calle. «Más de una vez nos ha tocado irnos a los puños con los que llegan aquí a agredirnos» dice observando las cartulinas en el suelo, que llevan marcados mensajes como este: “Dichosa la madre costarricense que sabe que su hijo al nacer jamás será soldado”.

Una oración a un mártir que no pidió serlo

El Padre Alberto Franco, integrante de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz y uno de los organizadores de esta Asamblea Abierta de Sectores de Fe, le pide a todos los que rodean aquel homenaje en el suelo, que se tomen de las manos para elevar una oración. Las banderas de muchos de los asistentes ondean en ese silencio de recogimiento hacia Dios, y Lucía, la joven vigía, aprieta las manos al igual que los creyentes.

«La memoria colectiva y la memoria ejemplar es lo que nos convoca en la exigibilidad de los derechos humanos —menciona Lucía mientras todos allí, en círculo y cogidos de las manos, oyen—. Lo que queremos es un lugar donde tener una militancia política y ser crítico no nos cueste la vida. Es sumamente importante construir desde las diferencias y mantenernos firmes en el derecho a la verdad, a la memoria, a la justicia, el derecho a soñar algo diferente».

Las manos se separan y los asistentes hacen sus rezos privados. Lucía se dirige de nuevo hacia el andén y el Padre Alberto invita a todos los que están presentes —católicos, franciscanos, luteranos, presbiterianos, asambleas de dios, Tu Presencia, menonitas, El pacto, Sagrado Corazón— que se dirijan hacia el Parque de los Periodistas, en recorrido silencioso, para terminar la asamblea en ese lugar.

Todos se dirigen allí aún con sus banderas, un pendón blanco que expresa «No queremos más guerra» y el silencio. Al llegar al Parque de los Periodistas las personas se congregan en círculo y un equipo de dos personas prenden una planta eléctrica y conectan un bafle y unos cuantos micrófonos. Los sectores de fe han decidido hablar.

La responsabilidad de la fe dentro del movimiento ciudadano

Reclaman los asistentes a la asamblea la presencia de Dios en las manifestaciones sociales, en los movimientos ciudadanos, en el espíritu que emerge de la congregación de las comunidades y el interés de cuidado, de cambio y de responsabilidad afectiva entre los seres humanos que conforman un país.

En el poema «Los anillos fatigados», del escritor peruano Cesar Vellajo, existen unos cuantos versos que nos recuerdan la relación entre impotencia y justicia que se presenta hoy en el país. “Hay ganas de… no tener ganas. Señor; a ti yo te señalo con el dedo deicida: hay ganas de no haber tenido corazón. La primavera vuelve, vuelve y se irá. Y Dios, curvado en tiempo, se repite, y pasa:  pasa: a cuestas con la espina dorsal del Universo”.

Una espina dorsal que acalla a los que piden justicia, que cae como péndulo en constantes repeticiones sobre los que no tienen una calidad de vida digna, que acalla con balas la disidencia, que arrastra los sueños y los entierra en el suelo, que amenaza las regiones más aisladas del país y termina por devorarse todo, todo aquello que se repite y pasa, con Jesús —un nombre que aquí reclaman— llevando a cuestas la carga.

El Padre Carlos, otro de los asistentes, toma el micrófono y reafirma la idea de que «Dios está en el Paro en todos los que estamos aquí y todos los hombres y mujeres que han salido a protestar. Anunciando la vida y denunciando todas las situaciones de muertes». Muertes como la de Dylan Cruz, muertes como la de Brandon Cely.

Poco a poco se acercan personajes curiosos que atraviesan el Parque de los Periodistas y se sienten atraídos por lo que allí se desarrolla. Escuchan los gritos —que al unísono— resoplan: ¡A parar para avanzar, viva el Paro Nacional! Otros más se arriesgan a cantar junto a los manifestantes, donde «Sólo le pido a Dios» de la cantante argentina Mercedes Sosa, es entonada con nudos en la garganta.

Una señora sorprende, de nombre Tere y de nacionalidad chilena, al expresar que «El Reino de Dios ya está aquí». Los espectadores la observan con interés, esperando su respuesta, y ella cuestiona duramente el sistema económico y político actual: «¿Qué es desarrollo humano? ¿Solamente plata? No queremos más explotación, queremos calidad de vida. ¿Por qué los cristianos le tenemos tanto miedo a relacionarnos con las otras áreas del saber? El reino de Dios llegó hace tiempo».

Las declaraciones son aplaudidas por las personas de fe y por los curiosos, que al escuchar estas palabras, se sienten atraídos por el mensaje que brindan las personas religiosas dentro de una coyuntura política como esta, sumergidos también dentro del descontento general que se esparce entre los ciudadanos por la poca credibilidad que tiene el Gobierno de Iván Duque y la continua indiferencia de el presidente con sus gobernados.

Una de estas personas, la señora Miriam, relata su experiencia dentro de las movilizaciones, contando la forma violenta con la que fue agredida por el ESMAD en la localidad de Suba y la importancia de los estudiantes en el desarrollo de las marchas. «Si los jóvenes y el mismo gobierno se dejan llevar del ego nunca tendremos paz. No importa la religión que profesamos, tenemos luz en este camino, y una sola vela también da luz en la oscuridad. No debe haber violencia, pero si nos incitan verán que todos llevamos un león adentro».

Todos gritan, se oyen chiflidos y el Padre Alberto, quien ha presidido toda la asamblea, resalta la idea principal de la señora Miriam: “Todos llevamos un león adentro”. Un león que espera con ansias escuchar las melodías de Adriana Lucía, cantante de música cristiana que vendrá para acompañar a las personas de fe que quieren expresar su inconformismo con el Gobierno.

Para Noris Asgalia, del Movimiento Ecuménico, la importancia de la figura de Jesús dentro del paro radica en su relación cercana con los desfavorecidos. «A Dios le tocó dar la vida por los pobres, y eso lo vemos hoy en los líderes sociales, en los jóvenes». Sin embargo, «uno que tiene la experiencia de las movilizaciones por muchos años —explica Noris— se pone analizar y lo que siente es que, a pesar de que hay una fuerza, falta coordinación. Hay unos guerreándosela muy duro y otros tirados en la cama viendo televisión».

Un Dios que lucha por los desfavorecidos

Antes de la llegada de Adriana Lucía, uno de los curiosos que se quedaron a oír las distintas intervenciones de las personas de fe, menciona lo siguiente: «Cuando los jóvenes reaccionan en las calles destruyen estructuras arquitectónicas, porque esas arquitecturas no los representan».

Palabras que retumban en la estatua de un Bolívar ensuciado por las palomas y los rayones que, unas cuadras más al norte, recuerdan el asesinato de Dilan y gritan en sus ladrillos gastados: “Policía Bastarda”. La intervención es correspondida con las palabras del joven pastor, Anderson Torres, cuando afirma que «parece que la creencia en Dios y apoyar estos espacios de manifestación y de lucha son contrarios». Esto indica que hay una juventud, y también una juventud cristiana, que no se siente representada en el escenario político ni social.

Al finalizar, siguen las arengas y Adriana Lucía aparece junto a un grupo pequeño de testigos que se acercan a la asamblea para poder observarla de cerca. Ella reafirma su posición a favor del Paro Nacional y menciona la “alegría” que le genera estar en ese espacio, siendo respaldada por tantas personas. Entona una canción a capela que genera sensaciones encontradas entre observadores y personas de fe, siendo las vendedoras de agua aromática y los pocos policías que se asoman al parque, partícipes también del momento.

«Hemos vivido muy cómodos delante de las injusticias —expresa la cantante— y ya era hora de incomodarnos. Estoy aquí porque ustedes me dan esperanza. Sí, soy cristiana, y creo que si Jesús estuviera aquí estaría luchando por los desprotegidos. Todas esas oraciones que compartimos en la mañana tienen que ser una acción viva.  Somos tremendamente imperfectos, pero somos cartas abiertas y la gente nos va leer».

Como cartas abiertas que necesitan ser leídas, las personas de la Asamblea Abierta de Sectores de Fe, junto a Adriana Lucía, cantaron “llegaste tú, y siempre tú vivirás en mi vida, buscando el amor, deseando el amor”, que a ritmo de vallenato dejaron su huella en el centro de Bogotá, invitando a todo aquel que se considere cristiano a que luche por las causas que este Paro Nacional engloba.

Al final, , todos los participantes elevaron una oración general —junto a los miembros del Dialogo Intereclesial  por la Paz de Colombia (DiPaz), y personas de distintas confesiones como  anglicanos, menonitas,  pentecostales y  católicos, entre otros.—  dejando en claro su apoyo al Paro Nacional, haciendo  eco a las miles de voces que denuncian las injusticias y la inequidad social que sufren las personas en Colombia.l, permitiendo observar a la distancia la figura de un león que ha decidido rugir ante las injusticias y la inequidad social que sufren las personas en Colombia.